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sola por la arena, sin zapatos

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AKIRA

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Había decidido buscar la forma de convencer a mi novia de que la quería. Tenía que ser una prueba que no dejase lugar a dudas porque su insistencia me sacaba de mis casillas. Yo la quería, de eso estaba seguro. Me volvían loco sus rizos ingobernables y su piel, como la nieve en pleno mes de julio. Pero cuando veía venir uno de sus interrogatorios ( ¿pero tú estás seguro de lo nuestro?) se me ponía dolor de cabeza. ¿Que tienes que demostrarle qué a Berta?, me dijo mi hermana con esos ojos desorbitados que pone cuando no da crédito. ¿Pero tu novia quién es, la prima de Norman Bates?. Eso fue todo lo que se le ocurrió para ayudarme, decirme tu novia es una psicópata y tú terminarás encerrado si no la mandas a la mierda. Comentarles el tema a mis amigos provocó reacciones más o menos parecidas: que si Berta necesita tratamiento, que si tú te mereces una tía mejor, que si patatín, que si patatán. Y al final, que la mandase a la mierda. En eso coincidía todo el mundo. Y mi amigo Paco fue más allá en sus argumentos:

_ Tú lo que tienes que hacer es follártela más a menudo, tío. Las tías no le dan tantas vueltas a las cosas cuando follan bien. Y si ves que ni por esas, lo que tienes que hacer es mandarla a la mierda.

Pero yo no quería dejar a mi novia. Lo que tenía que hacer era convencerla de que la quería a muerte y que mi relación con ella saliese del punto muerto en el que estaba desde hacía un par de meses.

_ Raúl, mírame a los ojos.

Esa noche estábamos  en la cola del cine y ella empezó con la monserga.

_ Mírame y dime que me quieres.

_ No empieces como siempre, Berta. Te quiero. Ya lo sabes.

_ No, no lo sé. ¿Cómo quieres que lo sepa? ¿Cómo podría saberlo?

_ ¡Y yo que sé cómo se sabe eso, Berta! ¡Se sabe y punto!

_ Ya empiezas a perder la paciencia conmigo ¿ves?

_ Joder, Berta... ¿Lo pregunto? ¿Quieres que lo pregunte? ¿Hacemos una encuesta para encontrar la respuesta que estás buscando?

Yo había empezado a subir la voz.

_ ¡Pero Raúl...!

_ Espera, quédate aquí.

Me aparté de la cola y pregunté a gritos a la gente que esperaba para comprar las entradas.

_ ¡Un momento de atención, señores! ¡Mi novia tiene una pregunta para los aquí presentes! ¿Alguien me puede decir cómo se sabe si alguien le quiere a uno?... Perdona, guapa ¿es tu novio?

La interpelada no podía contener la risa y su novio me miraba con cara de no saber si pegarme una hostia o darme por loco:

_ ¡Raúl, déjalo!, me suplicó mi novia.

_ ¿Que lo deje? Pues no, mira, no lo pienso dejar, no. Llevas dos meses haciéndome la misma pregunta y quiero darte una respuesta.

_ ¡Me voy a casa!

Berta salió de la cola y paró el primer taxi que pasó por delante del cine. La cabeza me estallaba, así que dejé que se marchase mientras yo echaba a andar camino de la boca de metro. Estoy seguro de que fue esa noche cuando empecé a aborrecer a mi novia pero aún tardaría un poco en darme cuenta. De momento sólo tenía una idea en la cabeza: demostrarle a aquella descerebrada que la quería. Decidí hacer algo que me había pedido y a lo que hasta entonces me había negado. La acompañaría al ciclo de cine japonés en el Círculo de Bellas Artes y al posterior coloquio con sus amigos cinéfilos. A la gente normal le gustan las películas normales y yo era un tipo normal. Pero mi novia era muy cool, muy underground, muy, muy, muy. Proponerle a Berta palomitas y una de miedo así, sin especificar, era como proponerle bailar desnudos en la Cibeles a la luz de la luna.

_ No, Raúl, no me puedes pedir eso. Yo no voy al cine a ver mamarrachadas. A ver cuándo maduras y aprendes algo de cine, Raúl.

_ Oye, no seas injusta que a mí también me gusta el cine culto. Pero, coño Berta, de vez en cuando me apetece hartarme de ver vísceras y de comer palomitas ¿qué tiene de malo?

_ Tiene de malo que no maduras, Raúl. Eso tiene de malo.

_ De acuerdo, no encuentro el momento de apearme de la adolescencia pero, no me jodas, Berta, no me jodas con los orientales porque eso no es cine. Eso es que vas una noche de bajón y sales de la sala directamente a tirarte al metro o a calzarle una hostia al primer japonés que se te cruce.

_ ¡Qué cosas dices!

El caso es que decidí claudicar. La acompañaría a ver cine japonés y compartiría tertulia con ella y sus amigos. Esa sería la prueba de mi amor incondicional.

_ ¿Lo dices en serio? ¡Ay Raúl, Raúl, cómo eres! ¿Tanto me quieres? Porque yo sé lo poco que te gusta ese tipo de cine y lo aburridos que te parecen mis amigos. Claro que estoy segura de que vas a cambiar de opinión. ¡Ay, qué emoción, compartir a Kurosawa contigo!

Akira Kurosawa en vena y en versión original. Ese era el plan.

_ ¿A ti qué te parece, Raúl? ¿No crees que Kurosawa es el auténtico maestro del wenstern? –preguntó a mi izquierda el gurú de la tribu, un tipo que fumaba en pipa y hablaba hinchando el pecho.

Acabábamos de ver Los Siete Samuráis y la pregunta me pilló fuera de onda porque cuando empezó la película yo creí que era de risa, por una escena del principio en la que el culo en pompa de una mujer ocupa casi toda la pantalla mientras otra se mesa los cabellos y grita: “¡entreguémosles a los bandidos cuanto tenemos y ahorquémonos luego todos!”. Mi carcajada causó el efecto de una blasfemia en mitad de la consagración.

Había salido del cine noqueado y para remate, la tertulia con aquellos tipos me lanzó directamente a otra dimensión, así que la pregunta del gurú me pilló a por uvas.

_ ¿Perdona? Ah... bueno, no sé qué decirte, la verdad. Yo prefiero cualquiera de Clint Eastwood, que tiene esa cara que acojona. Porque, joder, los actores de Kurosawa dan risa, a mí me han recordado a los mimos del Retiro, qué quieres que te diga.

_ ¿Y el tempo? –insistió él para dejar clara mi estupidez occidental- ¿Qué te ha parecido el tempo?

_ Pues lento. El tempo me ha parecido lento, tío ¿cómo quieres que me parezca.

Me miraron como si me estuviera rehabilitando de alguna adicción. Berta me dio una palmadita condescendiente en la pierna y volvieron a su conversación sobre el tempo y los fotogramas en Kurosawa. A mí ya me dejaron al margen de sus cosas lo cual, para qué nos vamos a engañar, me importó un carajo.

_ ¿No te parece que estas tertulias vuestras son un poco largas?, le pregunté a mi novia ya camino del metro.

_ No seas así, Raúl. Ten paciencia. Han sido demasiados años viendo cine comercial como para superarlo en un par de sesiones.

_ ¡Joder, Berta, que no estamos haciendo terapia!

_ Bueno, amor, para ti como si sí. ¿Me quieres?

La miré furioso:

_ ¿Pero es que aún lo dudas?

Entre pitos y flautas el ciclo de cine japonés duró un mes y cinco días (con alguna conferencia de por medio). La última que vimos fue Madadayo. A esas alturas ya era prácticamente un experto en Akira, me sabía toda su vida y  hubo momentos en los que me pareció que yo era el único en la sala que había pillado el punto de humor de Kurosawa, aunque después de lo que había pasado en Los Siete Samuráis ya no me atreví a reírme abiertamente.

Después de la última tertulia, Berta y yo nos despedimos de sus amigos.

_ Chao, Raúl. A ver si en abril te animas.

_ ¿Animarme? ¿A qué?

_ ¿No se lo has dicho, Berta? Que hay un ciclo de Bergman... Reponen la versión íntegra de Gritos y Susurros, que en su momento no se vio ni en Suecia.

Berta se colgó de mi brazo y me miró. Esperaba una respuesta. Decidí que de momento lo mejor era seguirles la corriente.

_ De acuerdo. Me apunto al ciclo de Bergman.

Esa noche no pegué ojo porque cuando estaba a punto de meterme en la cama, Berta me llamó por teléfono:

_ Ahora estoy segura de que me quieres, Raúl. ¡No sabes lo feliz que soy! ¿No has visto Gritos y Susurros? ¡Te va a encantar, cariño, te va a encantar!. Te quiero.

Vale. De puta madre. Ella era más feliz que un cubo y yo me sentía tan imbécil como si hubiese aplastado mi vida de un pisotón y la hubiese metido en el contenedor amarillo de la acera de enfrente. Y lo peor era el vacío bajo los pies que me habían provocado sus palabras. Concretamente su rotundo: te quiero.Mis sentimientos me zarandeaban de la rabia de saber que estaba renunciando a mí mismo al desconcierto de haber olvidado el sentido de semejante renuncia. Me imaginé para siempre yendo a ver cine en versión original y sosteniendo conversaciones con una pandilla de extraterrestres sobre el sexo de los ángeles, mientras mis amigos quedaban para ir a un concierto o para un partido. Me vi diez años mayor, pasando los fines de semana con Berta y sus colegas, viviendo en una casa empapelada de fotogramas de Bergman. Una casa como una patena en donde no se veían partidos de fútbol ni se jugaba al póquer con una cerveza en la mano y una de patatas fritas en la otra... y sin embargo y con ser terrible, eso no era lo peor. Había algo más aunque aún no podía precisar qué. Algo que me retorcía la boca del estómago.

_ ¡Raúl, tío! ¿Qué pasa? ¿Cómo llamas a estas horas?

_ No puedo dormir

_ ¡Pero tío! ¿Tú sabes qué hora es? ¡Joder, me has dado un susto de muerte!

_ Perdona, Paco, pero no puedo dormir.

_ ¡Eso ya me lo has dicho! ¡Me cago en tu puta madre, Raúl! ¿No me habrás llamado a las cinco de la madrugada para esa parida?

_ Llevo un mes viendo películas de Kurosawa, tío. En serio, me parece que me estoy volviendo loco.

_ Te dije que mandases a Berta a la mierda

_ Le prometí que iría al ciclo japonés y a las tertulias esas que tiene...

_ ¡Jooder!. Así no había dios que te localizase últimamente. ¿O sea que en un ciclo de japonés con Berta y los Alienígenas? ¡La leche, tío! Eso es amor y lo demás tonterías. Esta tía te tiene comiendo de su mano. Pues no sé, dile que ya has tenido bastante cine japonés por ahora...

_ El ciclo japonés se terminó hoy.

_ ¿Y qué pasa, entonces?

_ Pues que empieza uno de Bergman.

_ ...

_ Ya sabes, tío, el sueco ese que...

_ Ya sé quién es, Raúl, que tengo mis conocimientos.

_ Pues eso, que ahora me quiere endosar un ciclo de Bergman. ¡Tío, que han tenido tertulias sobre el hijoputa del Kurosawa que han durado hasta las cuatro de la madrugada...!

_ Pues le dices que no te apetece tragarte un ciclo de Bergman.

_ Es que de momento... ya le he dicho que sí.

Las carcajadas de Paco me hicieron daño en el tímpano.

_ Perdona, perdona tío, que ya sé que estás jodido pero es que... no sé. Es que esto es para no creérselo, tío. Eres un gilipollas.

_ No, si es gracioso. La verdad es que esto es la hostia de gracioso si no te pasa a ti.

_ Raúl, joder, tienes que dejar a Berta. Por mucho que la quieras.

_ Si es que ya ni siquiera sé si la quiero...

_ ¡Hostia! Esta sí que es buena.

_ Oye, que no es definitivo pero... bueno, la verdad es que... lo definitivo de momento es que no la quiero tanto como para hacer lo que estoy haciendo... y además...

_ ¿Qué? ¿Además, qué?

_ Pues que lo peor es que me he enganchado a Kurosawa, tío. ¡Que la última ha sido una pasada!

Aquí Paco me mandó a la mierda y me colgó.

Desconecté el móvil y me enfrenté sólo a mis últimas palabras. Lo había dicho al tiempo que lo descubría. Ese era el pensamiento que pugnaba por salir desde el subconsciente: me gustaba Akira Kurosawa.  Película a película, cuanto más me fue gustando Kurosawa, menos me iba gustando mi novia.

Cuando empecé a quedarme dormido ya amanecía. Era sábado.Probablemente no me hubiera despertado hasta el amanecer del día siguiente si no fuera por unos golpes en la puerta de casa. Eran las dos de la tarde y era Berta, que llevaba horas intentando hablar conmigo.

_ ¿Estás bien? ¡Que mala cara tienes! ¿Qué te pasa, Raúl?

_ Nada, que no dormí nada anoche.

_ Pues me has dado un susto de muerte ¿a qué viene eso de desconectar el móvil? He llamado a Paco, a tu hermana, a tus padres

_ ¿A mis padres? Joder, Berta.

Me soltó un sermón sobre la edad adulta, la responsabilidad y bla, bla, bla. Yo iba de un lado a otro llevando vasos al fregadero, colocando ropa en el armario, pasando la escoba. Mi novia iba dos pasos detrás, hablando sin parar. No sé en qué momento desconecté, el caso es que dejé de escuchar y empecé a tararear una canción. No lo hice con mala intención, creo que fue instinto de supervivencia pero a ella le dio una especie de ataque. Gritó, lloró y acabó hundida en el sofá de la sala con un pañuelo en la mano.

_ ¿Me quieres?

Me sobresalté. Yo me había sentado en el suelo y llevaba un rato mirando la tele sin ver, con el volumen muy bajo.

_ Raúl ¿me quieres?

(Ahora o nunca, Raúl. No, no la quieres. Ya no. Esta tía es un coñazo, te está amargando la vida y además... ¡Mírala, por dios santo! En cuando le caen dos lágrimas, es su madre)

_ ¿Raúl?

_ No.

_ ¿Perdona?

_ Que no, Berta. Que ya no te quiero como te quería.

_ ¿Y eso qué significa?

(¡No, por dios! )

_ Significa lo que significa, Berta, que ya no te quiero.

Deshizo el ovillo en que estaba acurrucada y arrastró el culo hasta el borde del sofá con las rodillas muy juntas. Se sonó, dejó el pañuelo arrugado en el cenicero, se cruzó de brazos y levantó la barbilla. Se le habían puesto unas ojeras oscuras que hacían que la cara apareciese más blanca que nunca. Y el pelo se le había alborotado tanto que los rizos parecían tener vida propia. De repente me estaba mirando como Kathy Bates mira a James Caan en Misery, antes de partirle los tobillos con aquel martillo.

Me levanté y me alejé unos pasos del sofá.

_ A ver si te explicas un poco mejor, Raúl. Has dicho que ya no me quieres como me querías.

_ ¿Y eso, según tú, requiere una explicación?

_ ... estoy esperando

_ De acuerdo. Ahí vamos. Yo quería demostrarte lo mucho que te quería y resulta que no te quería. O lo mismo sí, pero a fuerza de ver Kurosawa en versión original, pues ya no. Y las tertulias cinéfilas con tus alienígenas, eso ya ha sido definitivo.

_ ¿Pero... pero cómo te atreves a insultarlos?

Se había levantado del sillón y me increpaba señalándome con el dedo y acercándose a mí mientras yo reculaba sin quitarle los ojos de encima.

_ ¡Joder, Berta, asumir la propia condición también es una cuestión de madurez! ¡Tus amigos son marcianos! ¡Y tú misma! ¡Mírate! ¡Tú eres marciana, Berta!

_ ¿Eso quiere decir exactamente...?

A pesar de que era otra vez Kathy Bates quien me miraba, le eché cojones al asunto e improvisé:

_ Eso quiere decir que me largo ahora mismo al Vicente Calderón. Necesito tomar contacto con la Tierra.

_ ¡Pero si hoy no hay partido!

_ ¡No lo sé ni me importa una mierda! ¡Yo me voy al Vicente Calderón si hay partido como si no! ¡Quiero volver a ser uno más entre la multitud!

_ ¿Y eso qué significa ahora mismo?

_ ¡Que te vayas a la mierda, Berta! ¡Eso significa exactamente! 

Y mientras rompía con ella, me fui poniendo la cazadora, cogí el móvil y abrí la puerta de casa: las damas primero, la invité. No quería llevar a Misery dos pasos detrás.  

El caso es que, camino del Calderón, me desvié a un fnac:

_ Perdona ¿Las películas de Kurosawa? 

Y me compré una caja con las diez mejores. Estaban de oferta.

 Foto de James Fee

11/06/2006 22:11

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Autor: Fer (o Poli)

Mu bonito

Fecha: 24/08/2006 12:31.


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