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VIGO

VIGO

Era abril.

Lloviznaba sobre un mar agitado color plomo. No le importaron el frío ni la lluvia. Estaban a punto de atracar. Atrás quedaban el bullicio, los colores estridentes de las calles, las playas de agua transparente y arena blanca, la bandera tricolor, el himno nacional "gloria al bravo pueblo que al yugo venció", las excursiones familiares hasta los límites de la selva, cercada por carteles "no pasar, animales peligrosos", la exclusión en el colegio. Delante, el paisaje al que había añorado pertenecer.

Desembarcaron.

Vigo se fue apareciendo detrás de la ventanilla del coche como una película en blanco y negro. Una ciudad con todos los matices del gris. Gabardinas, botas, zapatos de cordones, suelas de goma, paraguas. El cielo. Adoquines, fachadas, soportales, balcones, galerías. Ningún amarillo, ningún azul, ningún rojo. La lluvia mansa resbalaba por el cristal. Cada poco, tenía que limpiar el vaho de su aliento.

Vigo se quedó grabada en el corazón y en la memoria con su alma blanca, negra y gris. Grabada en el alma con el calor de un beso.  

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