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(con china en la chancla) I Hacia la orilla, el mar como una balsa, una patera II Del horizonte a merced de las olas diez moribundos (sin china) I Rompe una ola espuma y caracolas rompe otra ola II Cierro los ojos el mar canta su nana siesta en la playa Nostalgia (Para Mario) Hiciste flanes Que arrastró la marea ¿cuándo has crecido? Foto: Otur en septiembre Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años. Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad. Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi. Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado. Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas. Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas. Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos. Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte. Muchas gracias. (Palabras de Gervasio Sánchez, al recoger el premio Ortega y Gasset de Fotografía) Foto de Gervasio Sánchez: Sofía y Alia, de la serie Vidas minadas A veces lanzo palabras que cambian en cuanto salen de mi boca. Estallan, encogen, se agrandan y flotan un segundo, antes de naufragar para siempre en el mar que respiramos. A veces soplo al aire palabras que sólo pretenden que me mires. Palabras que tú esquivas, asustado, como si fuesen dardos. A veces susurro palabras que sólo quieren rescatarte y que te alejan un siglo. De golpe. En un parpadeo. Como viento enloquecido, de repente, la palabra que dije, sólo para que me mirases, sólo para rescatarte, vuelve sobre sus pasos y se hunde en mi pecho y sí, ahora hace daño. Ahora es un dardo emponzoñado que se clava dentro. Tan adentro que no sé si seré capaz de arrancármelo y cerrar esta herida, que tanto duele. Foto de Carlos Naranjo: Desnuda, de la serie Escultor. En Gaza. foto de eluniversal.com.co/noticias No consigo recordar qué es un hada. —Son bonitas... —Son pequeñas... —Conceden deseos... ¡Venga, te tienes que acordar de eso! Me rasco la cabeza: —Pequeñas... bonitas... ¡Ahí! —señalo— ¡Ahí hay un hada! —¡No! —contestan—. Eso es una mariposa. Entonces, cuchichean: —Te dije que no le dieras fuerte. —Si no le doy, se nos escapa. —¿Y de qué nos sirve así, sin memoria? Hablan como si yo no estuviera y hago como que no les oigo. Pero estoy harta de estos duendes y de sus preguntas. Me están entrando unas ganas locas de convertirlos en polillas. Foto de Carlos Naranjo, bailarinas, del álbum París. _ ¡Para! _ ¿Por qué? ¿Qué te pasa? _ Que se me ha volado el sombrero. _ ¿Qué sombrero? _ Qué sombrero va a ser, el mío. _ ¿Te has vuelto loca? No llevabas ningún sombrero. _ Claro que llevaba. El de rafia, con la cinta azul. _ Ni aunque llevaras sombrero. Las ventanillas están cerradas. _ Pues yo llevaba sombrero cuando entré en el coche. Dio un volantazo, paró en el arcén y se volvió hacia mí. _ ¿Pero qué coño te pasa? - dijo - Ni siquiera te gustan los sombreros. Abrí la puerta. Fuera olía a primavera. La verdad es que nunca se me han dado bien las despedidas. Foto: Arcadia 2, de Carlos Naranjo. Lo habíamos echado a suertes y me había tocado. La primera cita fue por una apuesta y el primer viaje porque me moría de ganas de conocer París. A partir de entonces todo rodó solo. Es un buen partido, decía mamá. Tiene unos dientes preciosos, gritaba la abuela. Y una profesión de futuro, aseguraba papá. Sería una locura que lo dejases escapar, cotorreaban mis amigas. A nadie le pareció que sus manos fuesen blandas. Me dije que todos no podían estar equivocados. Acepté la gargantilla que había sido de su bisabuela, compré un traje de novia y los días pasaron deprisa hasta la puerta de la iglesia, donde ya no había vuelta atrás. Sin embargo, me entraron unas ganas locas de salir corriendo. Foto: Boda EEUU, de Carlos Naranjo A la puerta de la iglesia mi mirada se cruzó con la suya y se me atragantaron de golpe tres años y un día de pastelitos, gofres y torreznos. Tragué saliva y sentí la gargantilla en mi cuello como una soga. En el convite corté los tres pisos de tarta, coronada por una pareja de novios de plástico. Compartí la primera ración con mi marido recién estrenado, que me llevó en volandas a bailar un vals. Tenía una mota de nata en la comisura de los labios. Alguien gritó ¡cambio de pareja! Y me fugué con su primo Gerardo. Foto Boda EEUU 2, de Carlos Naranjo Para La Piris Se acabaron las palabras abro la boca y expiro aire silencioso No más ven voy vamos Y sin embargo tu voz tu voz susurra mi nombre Cada minuto de cada hora el eco de lo que fuimos retumba en mi cabeza. Foto: Aún Puedo Oirte de Carlos Naranjo Salió de su casa con una pila de periódicos atrasados. Cruzó la calle, abrió el contenedor amarillo y los tiró dentro. Me pregunté por qué habría hecho eso, si el contenedor de papel está dos pasos más allá. No dejé de darle vueltas hasta que leí las noticias y supe lo que pasa. No pasa nada. Después de cenar puse una bolsa de basura en el cubo, tiré las raspas del lenguado, una lata vacía de espárragos, un par de pilas gastadas y un móvil roto. Cogí la bolsa y el periódico de ayer, crucé la calle y lo dejé todo en el contenedor verde. Es el que queda más cerca de casa. Entonces se me acercó un tipo la mar de indignado y me afeó lo que acababa de hacer. _ ¿Es que no se ha enterado? - le dije-. Mire usted, que no hay de qué preocuparse. Que lo de la desertización era un invento. Una broma global. El hombre se puso la mar de contento. Se metió en su coche, pisó el acelerador a fondo y yo respiré la nube gris que escapó de su tubo de escape, antes de volver a casa. Foto: Pájaros, de Carlos Naranjo |